José Carlos Fernández Rozas
Catedrático de Derecho internacional privado
La muerte de José Antonio de Yturriaga Barberán nos ha privado de un diplomático de sólida formación jurídica, de un estudioso del Derecho internacional y de un escritor que mantuvo hasta sus últimos años una presencia activa en los debates sobre la política exterior española. Quienes compartimos con él inquietudes académicas y una prolongada dedicación a los asuntos internacionales sentimos también la pérdida de un compañero cuya personalidad, firmeza de convicciones y fidelidad a sus amistades dejaron una huella difícil de borrar. Su vida profesional estuvo jalonada por destinos diplomáticos de muy diversa índole, responsabilidades en negociaciones multilaterales y una producción científica y periodística poco común por su continuidad y amplitud temática. Nunca perdió, sin embargo, el contacto con el mundo universitario en el que había iniciado su formación.
Nacido en Granada el 12 de octubre de 1936, cursó los estudios de Derecho en la Universidad de Sevilla, donde fue el primer delegado de la Facultad elegido al margen del Sindicato Español Universitario (SEU). No deja de ser revelador este episodio de su juventud, ocurrido en una época en la que la representación estudiantil permanecía sometida a las estructuras oficiales y comenzaban a abrirse paso iniciativas independientes. Su traslado posterior a Madrid le permitió incorporarse al grupo de jóvenes juristas que trabajaban alrededor de la Cátedra de Derecho internacional privado de la Universidad Complutense. Allí encontró un ambiente intelectual que habría de acompañarlo durante toda su vida y del que formaban parte profesores e investigadores destinados a desempeñar un papel destacado en la renovación de los estudios internacionales españoles. En 1965 ingresó en la Carrera Diplomática, iniciando una actividad profesional que lo llevaría a ocupar importantes responsabilidades en el servicio exterior sin abandonar por ello sus intereses jurídicos ni sus relaciones con la universidad.
Una vida dedicada a la diplomacia
La carrera diplomática de José Antonio se desarrolló durante años de cambios profundos en las relaciones internacionales. La descolonización, el creciente protagonismo de las Naciones Unidas, las tensiones de la Guerra Fría, la incorporación de España a las Comunidades Europeas y la desaparición de la Unión Soviética fueron algunos de los acontecimientos que marcaron el período en el que desempeñó sus funciones. Sus destinos lo llevaron a países tan diferentes como Liberia, Irlanda, Austria, Portugal, Irak y Rusia, donde tuvo ocasión de conocer de cerca realidades políticas y sociales muy diversas. Aquella experiencia le proporcionó una visión amplia de los problemas internacionales y una familiaridad con los mecanismos de la diplomacia que más tarde trasladaría a sus libros y artículos.
Su condición de jurista se advertía en la manera de entender el oficio diplomático. Los problemas de la política exterior exigían, a su juicio, algo más que habilidad negociadora o conocimiento de las circunstancias políticas del momento. La preparación de las posiciones estatales, la interpretación de los compromisos internacionales y la participación en los organismos multilaterales reclamaban una formación jurídica rigurosa y una atención constante a la evolución de las instituciones. José Antonio había adquirido esa formación durante sus años universitarios y la cultivó a lo largo de toda su carrera, convencido de que el Derecho internacional proporcionaba instrumentos indispensables para comprender las relaciones entre los Estados. La experiencia profesional, por su parte, enriquecía sus investigaciones y le permitía examinar las normas desde la perspectiva de quien conocía directamente las dificultades de su aplicación.
Su nombramiento como embajador de España en Moscú, en la última etapa de su carrera, lo situó ante una realidad internacional especialmente compleja. La desaparición de la Unión Soviética había modificado profundamente el equilibrio político europeo y abierto un período de transformaciones cuyas consecuencias siguen condicionando las relaciones internacionales. El desempeño de la representación española en Rusia exigía experiencia, prudencia y un conocimiento de los antecedentes históricos que explicaban las posiciones de aquel país. José Antonio llegó a esa responsabilidad después de muchos años de servicio y con una preparación que le permitía apreciar la complejidad de los problemas a los que debía enfrentarse.
Sus memorias diplomáticas ofrecen un testimonio de aquellas experiencias. En Liberia, Irlanda y Austria. Semblanzas diplomáticas, Portugal, Irak y Rusia. Semblanzas diplomáticas de unas misiones sensibles (2007) y Semblanzas de un diplomático español en la Villa y Corte (2022) reunió recuerdos, observaciones y reflexiones sobre distintos episodios de su vida profesional. Más allá de la evocación de los destinos ocupados, estas obras permiten conocer aspectos de la actividad diplomática que rara vez encuentran cabida en los documentos oficiales: las relaciones personales, las dificultades cotidianas de la representación exterior y las circunstancias que acompañan la adopción de decisiones. José Antonio quiso dejar constancia escrita de una experiencia acumulada durante décadas, consciente del interés que podía tener para quienes se acercaran posteriormente al estudio de la política exterior española.
El Derecho internacional del mar
Entre los numerosos asuntos que ocuparon su atención, el Derecho internacional del mar fue, sin duda, su principal especialidad científica. Su participación en la III Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar le permitió intervenir directamente en uno de los procesos de codificación más ambiciosos del siglo XX. Las negociaciones, iniciadas en 1973 y concluidas con la adopción de la Convención de Montego Bay en 1982, abordaron cuestiones de extraordinaria importancia para la comunidad internacional: la delimitación de los espacios marítimos, las competencias de los Estados ribereños, la navegación, la pesca, la explotación de los recursos naturales y la protección del medio marino. La diversidad de los intereses enfrentados y la necesidad de alcanzar soluciones aceptables para países con situaciones geográficas y económicas muy diferentes hicieron de aquella Conferencia una experiencia diplomática excepcional.
España tenía razones sobradas para seguir con especial atención sus trabajos. Su extensa fachada marítima, los territorios insulares, la importancia económica de la pesca y, sobre todo, la situación del estrecho de Gibraltar conferían a las negociaciones una relevancia inmediata para los intereses nacionales. José Antonio participó en los trabajos de la delegación española y compartió responsabilidades durante la fase preparatoria con Julio D. González Campos, prolongando así en el ámbito diplomático una relación intelectual nacida años antes en la Universidad Complutense. La colaboración entre ambos permitió reunir la experiencia de la práctica internacional con el rigor del análisis jurídico universitario, en una etapa en la que la definición de las posiciones españolas exigía un examen particularmente cuidadoso de las propuestas sometidas a negociación.
El régimen de los estrechos utilizados para la navegación internacional ocupó un lugar preferente entre sus investigaciones. La introducción del paso en tránsito y su relación con las competencias de los Estados ribereños planteaban problemas delicados para España, especialmente por sus consecuencias sobre el estrecho de Gibraltar. A estas cuestiones dedicó estudios que siguen siendo de interés para comprender la evolución del Derecho del mar, entre ellos Straits Used for International Navigation: A Spanish Perspective (1991). También examinó los ámbitos de soberanía y jurisdicción previstos en la Convención de 1982, el régimen internacional de las pesquerías y las obligaciones relacionadas con la preservación del medio marino. Sus trabajos revelan un conocimiento minucioso de las negociaciones y una preocupación por explicar las consecuencias jurídicas de las soluciones adoptadas.
Muchos años después de la conclusión de la Conferencia publicó La Conferencia sobre Derecho del Mar vista desde dentro por un delegado español (2022), obra en la que reconstruyó el desarrollo de las negociaciones a partir de su propia experiencia. El libro permite seguir las posiciones defendidas por las distintas delegaciones, las dificultades que acompañaron la búsqueda de compromisos y las razones que explican algunas de las disposiciones finalmente incorporadas a la Convención. La condición de protagonista de aquellos trabajos confiere a su relato un valor documental poco frecuente, al que se añade la perspectiva del jurista capaz de examinar retrospectivamente las consecuencias de las decisiones adoptadas. La publicación de esta obra cuando habían transcurrido cuatro décadas desde Montego Bay demuestra hasta qué punto aquella experiencia permaneció viva en sus preocupaciones intelectuales.
El jurista y el articulista
José Antonio desarrolló una actividad escrita extraordinariamente amplia, que no quedó limitada a sus estudios sobre el Derecho del mar. Desde sus primeras publicaciones sobre las organizaciones internacionales, la soberanía de los Estados y la solución jurisdiccional de controversias hasta sus trabajos posteriores sobre descolonización, política exterior española y relaciones europeas, mantuvo una presencia constante en revistas jurídicas y publicaciones especializadas. Su bibliografía comprende monografías, colaboraciones en obras colectivas y numerosos artículos científicos, a los que se añadió una producción periodística cada vez más atenta a los acontecimientos internacionales. Fue, por encima de todo, un escritor perseverante, que encontró en el artículo un medio especialmente adecuado para expresar sus opiniones y participar en las discusiones de su tiempo.
La evolución de sus intereses puede seguirse a través de sus publicaciones. Los primeros trabajos reflejaban las preocupaciones de un joven internacionalista atento a las transformaciones de la sociedad internacional durante los años sesenta. Posteriormente, su experiencia en las negociaciones marítimas dio lugar a una abundante producción doctrinal sobre los nuevos regímenes establecidos por la Convención de 1982. Con el paso del tiempo fueron adquiriendo mayor presencia las cuestiones relacionadas con la actualidad diplomática: el Sáhara Occidental, Gibraltar, las relaciones con Rusia, los problemas de la integración europea y las consecuencias del Brexit. José Antonio abordaba estos asuntos con un conocimiento directo de los mecanismos de actuación estatal y con una firmeza de criterio que confería a sus escritos una personalidad inconfundible.
Su colaboración con La Ley Unión Europea merece un recuerdo especial. Durante años enriqueció sus páginas con artículos dedicados a algunas de las controversias jurídicas y políticas más relevantes del proceso de integración europea. Entre ellos pueden mencionarse «Divorcio a la inglesa: el comienzo del fin del Brexit», «La larga marcha de Gran Bretaña hacia ninguna parte», «Diálogo y choque entre el TJUE y los Tribunales españoles», «Negociaciones entre Gran Bretaña y la UE sobre las relaciones de la Unión con Gibraltar» y «El Brexit y la política exterior de la Unión Europea». Sus contribuciones permitían examinar los problemas europeos desde la perspectiva de quien había conocido directamente las exigencias de la diplomacia y estaba familiarizado con los instrumentos jurídicos utilizados en las relaciones internacionales.
Su dedicación al ensayo recibió también un reconocimiento que merece recordarse. En 2019 le fue concedido, por unanimidad del jurado, el Premio Internacional de Pensamiento y Ensayo «Aristóteles» 2018, promovido por el Grupo Editorial Sial Pigmalión, por su libro Cataluña vista desde fuera. La obra, fruto de una extensa investigación histórica, jurídica y política, abordaba la evolución del nacionalismo catalán, los acontecimientos que desembocaron en la crisis independentista y las cuestiones constitucionales relacionadas con la autonomía, la autodeterminación y el derecho a decidir. El premio reconocía una faceta de José Antonio que había adquirido creciente importancia tras su retirada del servicio diplomático: la del ensayista dispuesto a examinar los problemas más controvertidos de la vida española desde sus propias convicciones, con abundante documentación y una inequívoca voluntad de intervenir en el debate público. Su libro sobre Cataluña ofrecía, una vez más, el testimonio de un jurista que nunca dejó de interesarse por los problemas políticos de su tiempo.
No siempre resultaba fácil compartir sus apreciaciones, ni era esa, probablemente, su principal preocupación. José Antonio expresaba sus opiniones con claridad, defendía sus argumentos con energía y no rehuía las cuestiones que podían suscitar controversia. Su independencia de criterio formaba parte de una personalidad intelectual poco inclinada a las fórmulas acomodaticias. Quienes seguíamos sus colaboraciones conocíamos esa disposición a intervenir en los debates de actualidad, incluso cuando sus posiciones se apartaban de las interpretaciones más extendidas. La discusión jurídica y política encontraba en él a un interlocutor informado, capaz de sostener sus puntos de vista mediante argumentos y referencias procedentes de una larga experiencia profesional.
Durante sus últimos años, José Antonio mantuvo una intensa actividad periodística, atento a los acontecimientos que alteraban el panorama internacional y a las decisiones de la política exterior española. Sus artículos, publicados en medios de comunicación y revistas especializadas, prolongaban una vocación de polemista que nunca perdió su vigor. Escribía con la libertad de quien, concluida una larga carrera diplomática, no se sentía obligado a disimular sus convicciones ni a acomodarlas a las opiniones dominantes. Sus comentarios sobre Rusia, Gibraltar, el Sáhara Occidental y las relaciones europeas conservaban el tono directo y, en ocasiones, deliberadamente provocador que caracterizaba su escritura. Articulista constante y atento a los asuntos de actualidad, José Antonio mantuvo hasta sus últimos meses una actividad periodística que parecía ajena al paso de los años. Todavía durante el verano de 2026 publicó dos trabajos reveladores de sus preocupaciones: «Concesión de nacionalidad a descendientes de españoles y regularización de residentes ilegales en España», en el que examinaba críticamente ambas medidas y sus diferencias jurídicas, y «La tragicomedia de Ceuta», dedicado a las relaciones con Marruecos, la presión migratoria y la defensa de la soberanía española. Hasta el final siguió ejerciendo el derecho a discrepar, con una independencia de juicio que podía suscitar adhesiones o profundas diferencias, pero que difícilmente dejaba indiferente al lector y sus últimos artículos nos devuelven la imagen del José Antonio de siempre: apasionado por los asuntos internacionales, combativo en la defensa de sus ideas y poco dispuesto a renunciar al debate, incluso cuando sus posiciones provocaban abiertas discrepancias entre quienes lo apreciábamos.
La Universidad Complutense y Julio D. González Campos
La relación de José Antonio con el grupo de internacionalistas de la Universidad Complutense merece una evocación especial. Durante los años sesenta, la Cátedra de Derecho internacional privado dirigida por Mariano Aguilar Navarro reunía a un nutrido conjunto de colaboradores que posteriormente desarrollarían sus carreras en la universidad, la diplomacia y otras instituciones públicas. La organización académica de aquella época, anterior a la creación de los Departamentos universitarios, descansaba fundamentalmente sobre la autoridad del catedrático. Aguilar Navarro introdujo una experiencia de participación colectiva mediante la celebración de reuniones de profesores iniciadas en 1965 con asistencia de del propio Yturraga junto a Juan Antonio Carrillo Salcedo, Julio D. González Campos, José Luis Fernández Flores, José Gallo Pérez, José Cuenca Anaya, Enrique Cobos Cardenal y Manuel Luengo Muñoz, Luis Martínez Aguyó y Lorenza Martín. La relación de participantes permite apreciar la composición heterogénea de aquel círculo, en el que convivían profesores universitarios, jóvenes investigadores y profesionales vinculados a la Escuela Diplomática y al ámbito militar. Su presencia en aquella documentación nos permite situarlo dentro de una comunidad académica cuyas relaciones personales habrían de prolongarse durante muchos años.
Entre los integrantes de aquel grupo, Julio D. González Campos ocupó un lugar preferente en la vida de José Antonio. Siempre lo consideró su maestro y su amigo, expresión que resume una relación nacida durante los años de formación y mantenida a pesar de las exigencias de sus respectivas carreras. La colaboración entre ambos durante los trabajos preparatorios de la III Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar permitió trasladar a la práctica diplomática una relación intelectual iniciada en la Cátedra de la Complutense. El rigor jurídico de González Campos y la experiencia negociadora de Yturriaga encontraron allí un terreno especialmente propicio para el trabajo compartido.
La participación de José Antonio en Pacis Artes. Obra homenaje al profesor Julio D. González Campos, publicada en 2005, ofrece otro testimonio de aquella amistad. Su contribución, dedicada a la participación española en la regulación internacional de la preservación del medio marino, evocaba precisamente una materia que ambos habían conocido de cerca durante las negociaciones sobre el Derecho del mar. La elección del tema tenía un significado personal evidente, pues permitía rendir homenaje al maestro y al amigo mediante el estudio de una experiencia profesional compartida. José Antonio conservó siempre sus vínculos con el internacionalismo complutense, aun cuando sus responsabilidades diplomáticas lo mantuvieron durante largos períodos fuera de España. La fidelidad a las relaciones nacidas en aquellos años constituye uno de los aspectos más entrañables de su recuerdo.
Vinculación con el Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional
La pertenencia de José Antonio al Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional (IHLADI) prolongó esa relación con el mundo académico y le permitió participar en una comunidad científica formada por juristas españoles, portugueses y latinoamericanos. Su incorporación se produjo durante el Congreso de Guanajuato, celebrado en México, donde el 18 de septiembre de 1974 fue elegido asociado de número. Formó parte de una promoción de veinticinco juristas pertenecientes a diez nacionalidades, entre los que figuraban los españoles Alberto Herrero de la Fuente, Leandro Rubio García y Enrique Mapelli. La elección tuvo lugar en una etapa de renovación del Instituto, que procuraba incorporar nuevas generaciones de internacionalistas y ampliar su presencia en los países iberoamericanos.
El 18 de septiembre de 1992, durante el Congreso de Cáceres, José Antonio fue elegido miembro del Instituto, junto con María Teresa Infante Caffi, Alegría Borrás Rodríguez, José Antonio Corriente Córdoba, Vicente Ugarte del Pino y Andrés Aguilar Mawdsley. Su participación continuó durante las décadas posteriores, como acreditan las relaciones de asistentes a los congresos de Granada y San Juan de Puerto Rico y Manila, entre otros. Aquella vinculación le permitió mantener el contacto con internacionalistas de distintas generaciones y participar en una institución que ha concedido siempre especial importancia a las relaciones personales entre sus integrantes.
Quienes hemos compartido la vida del IHLADI sabemos que sus congresos han sido algo más que reuniones destinadas al examen de cuestiones jurídicas. Han ofrecido ocasiones de encuentro, de intercambio de experiencias y de renovación de amistades que, en muchos casos, se han prolongado durante décadas. José Antonio pertenecía a esa comunidad de juristas unidos por el interés científico y por una convivencia personal que el paso del tiempo había ido enriqueciendo. Su ausencia se suma a la de otros compañeros cuya desaparición nos recuerda, inevitablemente, el transcurso de los años y la importancia de conservar la memoria de quienes contribuyeron a mantener viva aquella tradición.
El recuerdo de José Antonio Yturriaga
La muerte de José Antonio deja un vacío que va más allá de sus responsabilidades diplomáticas y de sus numerosas publicaciones. En la memoria de cuantos lo conocimos permanece una personalidad singular, de convicciones firmes, extraordinaria vitalidad intelectual y una permanente disposición a intervenir en las cuestiones que despertaban su interés. Nunca entendió la jubilación como una retirada de la vida intelectual, ni permitió que el alejamiento de las responsabilidades oficiales debilitara su relación con los antiguos compañeros. Sus artículos, sus libros y su participación en las instituciones científicas eran prolongaciones naturales de una vida en la que el estudio y las relaciones personales ocupaban un lugar preferente.
Resulta difícil evocar a José Antonio sin recordar a Julio D. González Campos y sin situar a ambos en aquel grupo de jóvenes internacionalistas reunidos alrededor de Mariano Aguilar Navarro durante los años sesenta. Sus carreras siguieron caminos diferentes, pero la amistad nacida entonces resistió la distancia y las obligaciones profesionales. José Antonio conservó siempre aquel sentimiento de pertenencia a una comunidad universitaria que había marcado sus primeros pasos como jurista, y encontró en las relaciones establecidas durante aquellos años una referencia personal que lo acompañó hasta el final. La vida académica se alimenta de libros, investigaciones y discusiones jurídicas, pero también de relaciones humanas que se fortalecen con los años y terminan formando parte de nuestra propia biografía. José Antonio pertenecía a ese mundo de internacionalistas para quienes el trabajo científico y la amistad no eran realidades separadas. Su recuerdo permanecerá unido a las reuniones del Instituto, a las actividades universitarias y a una manera de entender las relaciones personales que concedía especial importancia a la fidelidad y a la continuidad de los afectos.
Hay despedidas que nos hacen sentir, con una intensidad desconocida hasta entonces, el peso de los años y la fragilidad de cuanto creíamos destinado a acompañarnos siempre. La de José Antonio pertenece a ellas. Con él se aleja un fragmento de nuestra propia historia, hecha de encuentros, conversaciones, inquietudes compartidas y amistades que fueron creciendo casi sin advertirlo. Nuestras profundas discrepancias ideológicas nunca fueron obstáculo para una amistad sostenida en el respeto mutuo, la lealtad y el reconocimiento de cuanto nos unía por encima de nuestras diferencias. Acaso por ello su recuerdo adquiere hoy un valor aún mayor, pues nos devuelve a una manera de entender las relaciones humanas en la que la diversidad de convicciones no impedía la cercanía ni empañaba el afecto. Sus libros y sus artículos conservarán el testimonio de su inteligencia y de su pasión por los asuntos internacionales; quienes tuvimos la fortuna de conocerlo guardaremos algo más difícil de expresar: la huella de su presencia, el eco de su palabra y el afecto que ni siquiera la muerte consigue borrar.
