El Rey Felipe VI presidió en El Campello, Alicante, la inhumación de los restos del jurista, humanista y pedagogo Rafael Altamira, 74 años después de su fallecimiento en el exilio en México. Este homenaje, celebrado el día en que se cumplían 159 años de su nacimiento, marcó el cumplimiento de su último deseo de descansar en su tierra natal. Altamira, una figura clave de la historia intelectual española, fue nominado en dos ocasiones al Premio Nobel de la Paz y desempeñó un papel fundamental en la creación del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya.
El acto, cargado de simbolismo, contó con la presencia de familiares de Altamira, representantes de todas las tendencias políticas y el cuarteto de cuerda ADDA, que interpretó una composición de Bach. Durante la ceremonia, el alcalde de El Campello destacó la importancia de la reparación histórica hacia la figura de Altamira, quien fue silenciado durante el franquismo. Su nieta, María Luz Altamira, expresó que este gesto cerraba una herida abierta y devolvía a su abuelo el lugar que merecía en la historia, mientras que su bisnieto Ignacio Ramos agradeció la unidad y concordia reflejadas en el homenaje.
Aunque el Rey no pronunció un discurso, escribió en el Libro de Honor del Ayuntamiento que el homenaje simbolizaba justicia histórica y reconciliación. Tras la ceremonia pública, la familia de Altamira participó en un acto íntimo en el panteón erigido en su honor, donde descansan junto a él los restos de su esposa, Pilar Redondo.
Rafael Altamira, nacido en Alicante en 1866, fue un destacado intelectual que abogó por la justicia, la paz y la cooperación internacional. Su compromiso con el regeneracionismo lo llevó a ser un puente entre España y América Latina, donde fue reconocido por numerosas universidades. Exiliado tras la Guerra Civil, vivió en México hasta su fallecimiento en 1951. Su repatriación y homenaje representan un paso hacia la reconciliación y el reconocimiento de los exiliados republicanos, devolviéndole a Altamira el lugar que merece en la historia española.
Rafael Altamira: formación, promoción y desempeño del oficio de ius-internacionalista
José Carlos Fernández Rozas
Víd el texto completo del artículo: e-Legal History Review 36 (2022)
“(…) con anterioridad a su larga etapa de servicios en la Corte Permanente de Justicia Internacional Rafael Altamira, contribuyó activamente en la tarea de redacción del primer Reglamento de la institución de 1922 y mantuvo su incansable método de trabajo aportando importantes reflexiones en las opiniones que adjuntó a algunas decisiones en las que intervino. Más tarde, se distinguió como juez por la amplitud y profundidad de sus conocimientos, por la rectitud de su conciencia y por el deseo de alcanzar la perfección moral e intelectual, y este deseo se mantuvo en toda su intensidad hasta los últimos días de su vida. El perfil poliédrico de Altamira (historiador, pedagogo, jurista, literato…) ha sido objeto de innumerables contribuciones, siendo uno de los autores cuya biografía y aportaciones ha sido más estudiada en nuestro país. Nacido en Alicante el 10 de febrero de 1866, dedicó su larga vida a la docencia, a dar conferencias y a escribir en las disciplinas en las que era maestro y a la actividad pública. El 1 de mayo de 1897 tomó posesión de la cátedra de “Historia General del Derecho” de la Universidad de Oviedo formando parte del denominado “grupo de Oviedo” y brillando dentro de él con especial intensidad. Sin olvidar el intenso sufrimiento derivado del desastre de 1898 se alineó desde un primer momento con la tendencia de muchos intelectuales españoles hacia Europa acentuándose sobre todo con la obra del regeneracionista Joaquín Costa, Reconstitución y Europeización de España (1900). En esta etapa pretendió acercar la Universidad a los mineros y obreros de Asturias mediante la promoción de conferencias, cursos y encuentros en los mismos lugares de trabajo. Tras un viaje cultural a América representando a la Universidad de Oviedo, que alcanzó un éxito resonante (1909-1910), emprendió una dilatada trayectoria pública que le llevaría al Senado por la Universidad de Valencia y, como se ha indicado, a juez de la Corte Permanente de Justicia Internacional (1921-1930). A partir de entonces su vida discurrió parcialmente en el extranjero trabajando con entusiasmo cada vez creciente en la obra de la Paz y del Derecho, como antes lo había hecho en el marco de la cultura, pero sin descuidar esta última faceta.
En 1931, en plena Segunda República, fue elegido decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, pero ocupó el cargo de una manera fugaz (entre marzo y octubre, sucediéndole su antiguo compañero de Oviedo Alfonso Posada. Se jubiló en dicha Universidad en 1936 el día que cumplió los setenta años, aunque siguió en su cargo de Juez del TPJI y cosechando importantes distinciones académicas. Finalizada la guerra civil, su rechazo del nuevo régimen, no en vano su nombre figuró como candidato a la presidencia de la República como alternativa a Niceto Alcalá Zamora, le obligó a residir en La Haya hasta que la invasión de los Países Bajos por las tropas alemanas provocó en 1941 el cierre del Palacio de la Paz conduciéndole a su primer exilio en Bayona y posteriormente a Portugal en 1944. Posteriormente, tras un desafortunado viaje a Estados Unidos en el que sufrió un accidente se instaló definitivamente en México. Desde allí siguió escribiendo sobre gran variedad de materias, incluidas el Derecho internacional y las relaciones internacionales hasta los últimos días de su vida sin evitar un cierto pesimismo para un defensor de la paz como él, fruto de sus experiencias después de la guerra civil española y de la Segunda Guerra Mundial.
Propuesto en dos ocasiones (1933 y 1951) para el Premio Nobel, tras rechazar la oferta de Franco para restituirle la cátedra y todos los honores si volvía a España, mantuvo hasta su fallecimiento en 1951 una prolífica actividad en su exilio mexicano (1944-1951), junto con otros ilustres “transterrados” como Pere Bosch Gimpera, Luis Recaséns Siches, José Gaos o Leonardo Martín Echeverría que disfrutaron de la generosa acogida deparada por el presidente Lázaro Cárdenas. Mas las dignidades y los reconocimientos que le fueron negados por el régimen franquista, fueron ampliamente recompensado por legiones de intelectuales de América latina entusiastas de su obra: un camino de perfección jalonado con memorias, testimonios, obras históricas, reflexiones y textos epistolares. Instalado en la capital azteca dictará cátedra en el Colegio de México y en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su dedicación a la historia se limitó a un quehacer estrecho dentro del campo de la erudición y la investigación sino que la utilizó sabiamente como un instrumento de progreso social. Fue, en suma, un arquetipo del intelectual comprometido, mediante su saber, su crítica y su ejemplo, en la procura de la salud moral para la sociedad y en la defensa del pacifismo en el sentido más amplio de la expresión.
Quedan, sin embargo, algunos interrogantes por disipar en lo que concierne a su faceta como internacionalista, pues si no hay duda de que en ella descolló por encima de las proclamas patrioteras propugnando una visión organicista de la sociedad internacional y una práctica respetuosa de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, todavía existen muchos sectores que se interrogan cómo un erudito historiador y pedagogo, pero prácticamente lego en cuestiones de Derecho internacional, alcanzó y mantuvo durante muchos años semejante protagonismo institucional, al margen de la comunidad científica nacional y de la comunidad científica internacional, institucionalizada en buena medida en el seno del IDI. El propósito de estas páginas es responder a estos interrogantes, mostrando un proceso de formación, ciertamente atípico y tardío y unas cualidades excepcionales que fueron convenientemente desplegadas por una figura preclara que contribuyó al progreso del Derecho internacional con su encendida defensa de la paz a través de la solución pacífica de los conflictos entre los Estados, llegando a las cotas más altas a las que puede aspirar un ius-internacionalista”.
