La Unión Europea ha comenzado a reconfigurar de manera significativa su política comercial exterior, en respuesta a una coyuntura internacional caracterizada por el resurgimiento de la política de poder, la instrumentalización del comercio y el estancamiento del sistema multilateral.
Si durante décadas Bruselas se presentó como firme defensora del multilateralismo regulado, hoy recurre con creciente frecuencia a instrumentos unilaterales para proteger sus intereses frente a prácticas coercitivas de terceros Estados. Lejos de implicar un abandono de su vocación normativa global, esta evolución, puede interpretarse como una estrategia de defensa funcional que busca preservar su autonomía en un orden cada vez más fragmentado.
